Aquellos que somos responsables, en distinta medida, de decisiones respecto de lo que se permite al interior de un colegio, nos encontramos enfrentados permanentemente con decisiones respecto de qué cosas permitimos, y qué prohibimos... En el artículo que pueden bajar al final de esta nota, Alan November se queja de algo que probablemente es fácil de reconocer para todos nosotros –el grado de compromiso personal (engagement) que puede ver cuando su hijo realiza actividades en casa (donde tiene acceso a su blog, a video-juegos, a Messenger y a Skype) en contraste con su experiencia en el colegio, donde muchas de estas herramientas están prohibidas.
Los blogs están prohibidos porque el contenido no es siempre el que uno quisiera (el fenómeno del llamado cyber-acoso, es algo que nos preocupa, por ej.). Los celulares se prohiben por las molestias que generan en clases, porque permiten filmar cosas en el colegio que después pueden aparecer en YouTube (nuevamente aparece el fenómeno del acoso, y varias amenazas posibles de exposición pública indebida de niños, profesores, etc.) y así con los 'chat' y otros fenómenos similares.
El argumento de November es que la educación ganaría permitiendo el uso de herramientas que son parte de la llamada Web 2.0, y que muchas de estas prohibiciones serían análogas a que se hubiese prohibido el uso del papel en las escuelas para evitar contenidos indeseables.
Su experiencia de su hijo en la casa, totalmente comprometido con sus actividades en línea (sean de comunicación, de juego, o musicales) es idéntica a la mía, a lo cual agregaría las actividades más puramente académicas, que no son pocas.
Pero si bien comparto su entusiasmo por las posibilidades de todo esto en educación, no es menos cierto que aparecen riesgos que los colegios no podemos ignorar, sin dejar expuestos a nuestros alumnos y profesores. Todos sabemos que esta fuerza tiene su lado oscuro, donde tal vez la más compleja de manejar es la capacidad de publicar en forma anónima y, por tanto, con una impunidad casi garantizada...
La prohibición nunca ha sido la mejor forma de enfrentar los problemas, y con la tecnología muchas veces tiene escasa efectividad. Pero la velocidad del cambio, y la nuevas posibilidades que se generan, nos desafían a encontrar nuevas formas de responder a lo que percibimos como amenazas, y sospecho que muchas resistencias y prohibiciones son formas de darnos tiempo para buscar una solución más creativa.
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