Leyendo el libro Freedom Evolves (Penguin, 2003) de Dan Dennet, filósofo norteamericano, uno se encuentra con la hipótesis de que nuestras mentes son simplemente lo que hacen nuestros cerebros, sin milagros de por medio, y que los talentos de nuestros cerebros debieron evolucionar como todas las demás maravillas de la naturaleza. Al mirar esto pareciera obvio lo que sostiene y sin embargo es algo fuertemente resistido en las ciencias humanas en general, como también en otros campos del pensar.
El miedo que genera esta resistencia, nos dice, es el miedo de que no seamos verdaderamente libres si aceptamos que nuestra acciones están sujetas a la causalidad implícita en el mundo natural, esto es, a un mundo determinista. Sólo si nuestra conciencia escapa al mundo de la causalidad podemos pensar que somos realmente libres, y por tanto, merecedores de las alabanzas y críticas de los demás (y de nosotros mismos) a nuestros actos.
Dados los supuestos de los cuales parte en relación a lo que en filosofía se conoce como el Problema Mente-Cuerpo, el libro parte argumentando que incluso en sistemas simples en los cuales rige la determinación, los resultados no son inevitables.
El argumento de Dennet, simplificado al máximo (y con los riesgos que eso conlleva), es básicamente que hubo buenas razones evolutivas para que fuésemos deviniendo en el tipo de seres que somos, seres reflexivos que hemos podido hacer nuestras estas buenas razones.
Según Dennet, "la conciencia humana fue creada para que se compartieran ideas. Es decir, la interfaz-usuario humana fue creada por procesos evolutivos, tanto biológicas como culturales, y apareció como respuesta a una innovación conductual: la actividad de comunicar creencias y planes, y el comparar notas. Esto transformó a muchos cerebros en muchas mentes, y la distribución de autoría que hizo posible esta interconexión es la base no sólo de nuestra ventaja tecnológica sobre el resto de la naturaleza, sino también de nuestra moralidad." Falta explicar aquello "que nos ha dado una perspectiva de nosotros mismos, un lugar desde el cual nos podemos hacer responsables. El nombre de esta percha Arquimídea es el yo (self). Hay algo que tenemos los humanos que nos distingue como agentes morales potenciales, y no es ninguna sorpresa que esté involucrado el lenguaje. Lo que es más difícil de ver es como el lenguaje, cuando se instala en el cerebro humano, trae consigo la construcción de una nueva arquitectura cognitiva que crea un nuevo tipo de conciencia –y de moralidad."
La postura de Dennet me recuerda una bastante más antigua, que no viene de la filosofía sino de la biología, propuesta por Humberto Maturana y Francisco Varela en El Árbol del Conocimiento. Ellos también postulan la aparición evolutiva de un tipo de ser vivo que llaman el 'observador', precisamente aquel ser vivo que gracias al lenguaje puede pasar de la simple 'coordinación de acciones', a lo que ellos llaman la 'coordinación de coordinaciones'.